Lana comenzó a emitir sonidos, que eran como las imprecaciones de una sacerdotisa, sobre los billetes que le había dado el chico. Los números y las palabras susurrados brotaban y ascendían de sus labios de coral y, cerrando los ojos, ella iba copiando cifras en una libreta. Su esbelto cuerpo, una inversión provechosa por sí sola a lo largo de los años, se inclinó reverente sobre el altar, rematado de fórmica. Del cigarrillo que tenía junto al codo se elevaba un humo que era como incienso, que subía en volutas como sus oraciones, por encima de la hostia que ella elevó a fin de estudiar la fecha de su acuñación, el único dólar de plata que había entre las ofrendas. Tintineó el brazalete, congregando a los fieles al altar, pero el único que había en el templo había sido excomulgado por su ascendencia y proseguía limpiándolo. Cayó al suelo una ofrenda, la hostia, y Lana se arrodilló reverente a cogerla.
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La conjura de los necios, J.K.Toole